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LIBERALISMO E IGUALDAD

    Porque el liberalismo se basa en dos pilares: las libertades individuales (de pensamiento, de asociación, de prensa, de expresión, de culto, etcétera) y la igualdad de todos los individuos ante la ley. Esa igualdad ante la ley debe garantizarla un Estado de Derecho, laico por cierto, en el que impere la división de poderes y la democracia representativa. El liberalismo, contrariamente a lo que defiende la derecha española (y a lo que erróneamente ha asumido la izquierda de este país), nunca ha estado reñido con la idea de igualdad (ni de redistribución de la riqueza, ni de igualdad de oportunidades) y tampoco ha estado reñido con la idea de comportamientos colectivos. De hecho el consenso para formar una asamblea es la forma primordial de comportamiento colectivo. Quien se identifique con esos dos pilares antes citados ya debería tener derecho, en España, a definirse como liberal, sin mayores connotaciones. De hecho, una inmensa mayoría de los ciudadanos de izquierdas estarán de acuerdo con estos valores, sin que eso los convierta en neocons, conservadores, neoliberales ni fascistas. El liberalismo (sin connotaciones económicas) es una suerte de condición de posibilidad para la coexistencia de diferentes opciones políticas. Aunque el maniqueísmo sea el deporte nacional español, las personas no somos monolíticas. Según el aspecto de la vida de que se trate, podemos adoptar posturas más afines a una u otra ideología política. Se puede ser ecosocialista en lo económico y ultraconservador en lo moral, por ejemplo. O neoliberal en lo económico y liberal en lo moral. En cualquier caso, aceptar el pluripartidismo y el juego democrático, en realidad, ya nos convierte en liberales.

    La mayor parte de la izquierda española, sin embargo, tiene urticaria a la palabra liberal, en buena medida porque las variantes económicas del liberalismo (sobre todo la defensa a ultranza de la propiedad privada) han ido ganando protagonismo y relegando otras connotaciones del término.

    Haría falta un riguroso análisis historiográfico de cómo el uso del término ha sido entregado en España en monopolio a la derecha. Evidentemente en ese análisis dos momentos contribuirían a explicar dicho secuestro. Uno, en la Guerra Civil. Veamos el prólogo de A sangre y fuego, obra capital del periodista Manuel Chaves Nogales sobre la contienda: “Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario”. Cuando estalla la Guerra Civil, el republicano y liberal Chaves Nogales se ve obligado a exiliarse: lo querían fusilar ambos bandos. Frente a los totalitarismos, el liberalismo siempre es visto como el enemigo a batir.

    El segundo momento que quizá explica la monopolización del término por la derecha habrá que encontrarlo en la Transición. En los setenta el término neoliberalismo cala en España importado desde Chile, allí es usado por la izquierda para definir las políticas económicas de Estados Unidos que llevan y sustentan al dictador Pinochet en el poder. El presidente Reagan y, en Reino Unido, Margaret Thatcher, desmantelan el sector público, desregulan los mercados y aplican esa excrecencia neoliberal llamada monetarismo.